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LEYENDA DE LA
CABEZA DEL
Cierta noche se encontraba el rey, embozado en su capa en ese lugar, requebrando por la reja de la ventana a una mujer, cuando su amorosa charla se vió interrumpida por la voz de un hombre que pedía paso libre por la calle, y como don Pedro se negara abandonar el sitio el otro hombre, que también iba embozado en su capa, sacó la espada. Los dos empezaron a pelear. De una casa que era una carbonería que estaba allí inmediata, se abrió una ventana, y asomó una vieja con un candil, que iluminó la escena, en el momento en que precisamente don Pedro, más hábil que su enemigo, le atravesaba el corazón de una certera estocada. La mujer al ver esto exclamó asustada: "Jesús", y al decirlo y santiguarse, se le cayó el candil de la mano, quedando la calle a oscuras. Oyó la mujer como el caballero vencedor se marchaba apresuradamente, y que al andar le crujían los huesos de las rodillas. Con el ruido y la exclamación de la mujer, se despertó su hijo, que era el carbonero de la esquina y que se llamaba Pablo. La madre, todavía asustada le contó lo que había visto, y que se le había caído el candil a la calle. Bajó el muchacho a recogerlo para que no lo encontrase la justicia y creyese que ellos habían sido los matadores. A la mañana siguiente se echó por Sevilla un pregón que decía que habiendo sido asesinado don Luis de Guzmán de la poderosa familia de los Guzmanes, Duques de Medinasidonia, ofrecía un premio de cien doblas de oro a quién descubriera al homicida. El carbonero pensó que cien doblas era un premio que le remediaría para toda la vida, y comenzó a interrogar a su madre para que le diese alguna noticia de cómo vestía o cómo era el matador, a fin de ganar el ofrecimiento. Pero la vieja espantada solamente le dijo para disuadirle de la idea: "Guarda Pablo, que le crujían las choquezuelas", lo que significaba: "Ten cuidado Pablo, porque el matador es el rey", ya que Sevilla entera sabia que al rey le crujían las articulaciones de las rodillas al andar; lo que era tenido supersticiosamente por signo de ser hombre excepcionalmente fuerte y animoso, como en efecto lo era el rey. Sin embargo el muchacho carbonero no se dio por vencido, acariciando la esperanza de ganar el premio. Así después de darle muchas vueltas en el magín al asunto, creyó haber encontrado la solución, y poniéndose su mejor ropa para estar bien presentado, se dirigió al Alcázar, y pidió ser recibido por el rey para asunto de la mayor gravedad. Le recibió en efecto el monarca, y Pablo con gran aplomo dijo: "Señor, he oído el pregón que se ha echado, para premiar a quién descubra al homicida que mató a Don Luis de Guzmán. Pero el asunto es tan importante que he preferido decirlo solamente a Vuestra Alteza, en persona, que no a la familia de los Guzmanes. Entonces el rey hizo venir a los Guzmanes que se encontraban a aquella hora en el Alcázar, adonde habían venido para pedir justicia al rey. -Ya puedes decir quién ha sido el matador de don Luis. Pero ya sabes que si mientes te va en ello la cabeza.
Pablo se rascó la
cabeza pensativo y se dijo para sus adentros: -Señor, el matador de don Luis de Guzmán es persona muy alta, y si digo su nombre aquí en público, pueden moverse bandos y guerras civiles entre las familias más ilustres del reino. Prefiero decir la verdad solamente a vos, en riguroso secreto. El rey accedió, y entonces Pablo dijo: -Apartémonos a aquella sala que se ve al fondo, y allí os contaré la verdad del suceso, sin que nadie nos oiga. En efecto, se apartaron a una gran sala que se veía a lo lejos al fondo del pasillo. Y llegado a ella, Pablo miró a su alrededor y viendo un espejo grande que había colgado en la pared, dijo: -Señor, por aquella ventana, si os asomáis a ella, veréis a la persona que dio muerte a don Luis de Guzmán. El rey, sonriendo de la picardía y astucia del carbonero, se acercó al espejo, como si fuera en realidad una ventana, y naturalmente se vio a si mismo reflejado en el cristal. Entonces se volvió hacia el carbonero y dijo: -En verdad que ese hombre que he visto por la ventana es el mismo que mató a don Luis de Guzmán. Pero como no lo asesinó a traición sino que lo mató en buena lid, frente a frente, creo que el asunto debe quedar zanjado. Tú cobrarás el premio, pero. no dirás nada más de esto a nadie, so pena de caer en mi desgracia y recibir severo castigo. Volvieron entonces el rey y el carbonero al primer salón en donde estaban los Guzmanes, y el rey les dijo: -Este hombre me ha dicho la verdad, así que hay que entregarle el premio prometido. Pero como la persona que mató a don Luis es de familia muy importante, no se dará a conocer su nombre. Sin embargo, para satisfacción vuestra os prometo que la cabeza del matador, será puesta en el mismo lugar donde mató a vuestro pariente. Al día siguiente, el Alguacil Real, acompañado de una escolta de soldados armados con lanzas y espadas, recorrió las calles de Sevilla escoltando a un carro sobre el que iba un cajón de recia madera sólidamente clavada la tapa con gruesos clavos. El pregonero iba al lado del Alguacil Real, y de trecho en trecho parándose la comitiva, echaba un pregón que decía: -Esta justicia manda hacer el Rey nuestro Señor. La cabeza del hombre que mató a don Luis de Guzmán, metida en este cajón, será puesta en el mismo lugar donde se consumó aquella muerte. Y manda el Rey que nadie sea osado de intentar abrir la dicha caja, so pena de muerte y confiscación de sus bienes. Llegados al lugar de los Cuatro Cantillos, unos albañiles que habían trabajado en abrir una hornacina o hueco en el muro de una casa, procedieron a colocar en dicha hornacina el cajón de madera, y para que nadie pudiera intentar quitarlo de allí le pusieron por delante una fuerte reja de hierro empotrada en la pared. Además quedó allí durante largo tiempo una guardia de soldados día y noche. Pasaron ocho años, y el rey don Pedro, fue asesinado por su hermano bastardo don Enrique de Trastamara, en los campos de Montiel. Tan pronto como se supo en Sevilla la noticia, los Guzmanes se apresuraron a adueñarse del mando de la Ciudad, y su primera disposición fue mandar abrir aquel cajón de madera, para ver si todavía se podía reconocer la fisonomía del matador de su pariente. En efecto se quitaron las tablas del cajón que ya estaban carcomidas por la lluvia y el sol, y con gran sorpresa de todos apareció la cabeza de mármol de una estatua del rey don Pedro. El monarca habla cumplido su palabra de poner allí la cabeza del matador, pero no de carne y hueso, sino de mármol. Y allí está todavía, y la podemos ver si vamos a la calle que por eso se llama hoy Calle de la Cabeza del Rey don Pedro. La estatua queda sobre el lugar donde se produjo el lance, y enfrente de la carbonería a la que se asomó la vieja con el candil, la que por esto se llama hoy la Calle del Candilejo. Durante muchos años se siguió diciendo en Sevilla la frase "Guarda Pablo que le crujen las choquezuelas", para advertir a alguien del peligro de enfrentarse a alguien que es más poderoso o más fuerte. Frase que figura en el libro "Dichos y hechos españoles" publicado en Sevilla por Don Dionisio Nogales Delicado. |